Amor Cacao [post largo- Cap. 1]
Un enorme castillo de galleta se levantaba imponente
justo en el centro de un reino de dulce, montañas de
turrón rodeaban y a la vez escondían aquel maravilloso lugar.
Los habitantes de aquel imperio, así como sus animales, plantas
y fuentes eran refrescados por el suave sabor de un río
de agua de limón que surgía del Monte Dulce (el más alto e
imponente de la peculiar cordillera), al norte del azucarado imperio.
¿Quién no viviría el resto de su vida en completa felicidad en un lugar como éste?
Tristemente, había alguien: Alguien que daría el imperio entero
(y podía hacerlo) por salir de ahí. El apuro, la preocupación y la
impotencia lo invadían.
Y la corona le apretaba.
El Rey de Chocolate tenía las manos en el rostro hasta que ya no pudo
soportar la presión que ejercía la corona sobre su cabeza. Se la quitó y
la arrojó lejos: no quería saber nada del montón de reglas y tradiciones
que conllevaba aquel pedaso de metal con incrustaciones de joyas.
''Caramelo, Caramelo... ¿Dónde estás, que no te veo?'', pensó, desvió su
mirada de la corona que acababa de arrojar y rompió a llorar.
Aquel lastimero llanto invadió cada rinconcito del salón del trono: una
enorme sala rectangular sin muebles era iluminado levemente por unas pocas
velas. Una larguísima alfombra roja corría a través de la habitación acompañada
a cada lado de pesadas columnas de caramelo masiso y se detenían justo antes
de tocar el escalón donde se encontraba colocado el Trono Real: armado en oro,
forrado en tela roja.
A su izquierda se encontraba un trono más pequeño y sencillo.
Tantos sueños, tantas esperanzas...
Pobre rey.
A la hora que el Sol casi se ocultaba tras las montañas, un golpeteo en la
puerta interrumpió la triste melancolía del Rey de Chocolate.
Al abrise las enormes puertas del salón del trono, los rayos del sol
que por ahí entraban iluminaron la larga alfombra que atravesaba
el gran cuarto; por el hueco se asomó una colorida y gran figura: un
enorme oso rojo de gomita ataviado en una casaca azul intenso
entornó los ojos para ajustarlos a la oscuridad del recinto
y preguntó con voz grave y profunda:
''¿Señor?''
''Pasa, Panda... ''
Panda entró en el salón en cuatro patas; después de pasar,
lanzó un grave gruñido a forma de quejido, y se puso lentamente
en dos, balanceándose un poco antes de conseguir equilibrio. Entonces
se dispuso a acercarse hacia el trono con pequeños pasitos.
''Ya te he dicho que no es necesario que hagas eso, Panda'' El Rey de
Chocolate volvió a posar su mirada sobre su corona, que yacía unos
metros más allá.
''Es un placer servirlo de la manera correcta, mi Señor; además, demuestro
algo de habilidad a pesar de mi edad''.
El Rey sonrió levemente y dirigió la mirada hacia la tambaleante figura.
Aquél oso era más que un mayordomo: era la voz de su conciencia, un padre,
la razón por la que no había sucumbido tantas veces a esa enfermedad llamada
poder y había podido dirigir correctamente a su pueblo, haciéndolo próspero y
feliz, después de la muerte de su padre biológico.
Caminó hacia su encuentro arrastrando los pies.
''Todo está listo, mi Señor, los implicados guardarán silencio y yo me encargaré
del resto'' dijo solemnemente Panda.
Cuando estuvieron lo suficientemente cerca, el Rey tomó a Panda por los brazos,
símbolo de cariño y admiración que el reino había adoptado de una antiquísima
civilización.
''De tí se cantarán las más heróicas melodías, y serás eterno ejemplo de fidelidad
y rectitud para los jóvenes de nuestras escuelas. Eres grande, Panda''
''Eso ya lo sé, Señor, lo noto al cruzar por las puertas''. Sus facciones se mantuvieron altivas y serenas, al parecer no había reconocido lo gracioso de su propia respuesta; sus ojos expresaban
verdadera emoción, a pesar de su coloración rojiza.
''Ya sabes a lo que me refiero'' El Rey le dio una palmada en el brazo.
Se separaron, Panda necesitó unos segundos para recobrar el equilibrio.
''Le deseo la mejor de...''
''Yo sé que no te agrada mucho todo esto, Panda, pero...''
''Lo he apoyado desde que decidió por primera vez escalar un árbol, mi Señor,
su corazón le da determinación a su alma; éste oso no puede estar más feliz
de poder servir a la causa más noble: el amor''
''Ya sabes la situación, Panda...''
''El amor es el mejor alquimista, todo lo transforma, no hay magia más poderosa, y no se necesitan habilidades especiales, Señor. El tiempo es sabio, pero es tan viejo que actúa lento.''
Panda hizo una reverencia, moviendo levemente los brazos en círculos para no caer, se irguió
y se giró sobre sus talones.
''Por cierto, Señor, la cena está servida''
El Rey sonrió y siguió a Panda hacia el exterior.


