Capítulo 8
Al despertar al día siguiente, James no dejó de repasar en su mente la pregunta que lo había rondado durante tanto tiempo.¿Cómo había parado la cadena de oro de su difunta esposa Marianne en el bar? La sola pregunta le causaba melancolía y tristeza, la vida le había jugado una broma tan pesada, se había burlado en su cara y se había llevado todo lo que consideraba suyo.
Una descabellada idea pasó por su mente, al tiempo que se enarcaban sus cejas y lo invadía un sentimiento de la más pura furia.
‘el asesino está en Londres’. La idea era razonable.’ha huido de Fulham y se ha instalado en Londres, una ciudad tan poblada y bulliciosa no reconocería a un asesino’.
La cabeza le daba vueltas, lo que sentía era inexplicable, la idea de que el responsable de que su hija se fue lejos de él, que le arrebatara a la mujer que amaba, y que destruyera su vida, se encontrara en la misma ciudad, lo volvía loco de rabia.
Pensó en levantarse, en buscar al responsable de su desdicha y matarlo, pero le paso por la cabeza que no sabía quién era, donde estaba y si en realidad estuviera en Londres.
Eso ya no le importaba.
‘¿Por qué? ¡¿por qué me hizo esto?! ¿Qué caso tenía arrebatarme todo lo que quería?’
Se levantó de su silla en la planta baja, una tenue luz verde y roja se filtraba de los vidrios coloreados del New Anthem, se dirigió a la puerta con aire decidido. ‘pienso investigar todo lo que haya llegado de Fulham hace cinco años, no habrá cargamento, persona, o ganado que no sepa que llegó de allá’.
Abrió la puerta, se acercó a la calle y vio cómo la gente caminaba, nadie sabía lo que le pasaba, James necesitaba ayuda, alguien que pasara a su lado noches sin dormir en amplios archiveros investigando quién había asesinado a su esposa.
Un Aubert risueño y nervioso le arrancó de su tribulación con una palmada en la espalda.
-¿listo? – preguntó el joven sonriendo.
James tardó unos segundos en reaccionar.
-eh… claro- respondió. Había olvidado totalmente que Aubert le había pedido que le ayudara con la cena para Anna.
-entonces comencemos- dijo Aubert levantando una enorme caja llena de víveres, sartenes y ollas.
Pasaron al almacén donde los esperaba una poco cuidada pero eficiente estufa de leña, y pusieron manos a la obra.
Pasaron gran parte del día cocinando, quemando, volviendo a cocinar, pero, al final, lo que tenían frente a ellos era una deliciosa pasta fettuccini ragú a la boloñesa.
-se ve bien ¿no?- dijo Aubert al ver la sartén con la pasta.
-si- contestó James al tiempo que se secaba las manos en una toalla que tenía cerca.
El anochecer los visitó de forma súbita, Aubert había corrido a su casa para cambiarse de ropa y comprar algunas flores.
Cuando llegó, James observó que algo le hacía falta.
-no tienes saco…
-no… ¿eso importa?
-¡pues claro que importa!, ven te prestare una mía.
James tendió sobre su descuidada cama 3 sacos, con el primero, Aubert parecía un mono (porque los hombros eran muy pequeños), con el segundo, parecía mujer (le quedad muy ceñido de la cintura), y el tercero pareció quedarle mejor que ‘’mas o menos’’.
Cuando Aubert terminó de inspeccionar su saco con el espejo de cuerpo completo, sonrió y dijo:
-bueno, creo que estoy listo.
-si, cabe mencionar que no los uso desde hace tiempo. Aubert…
-¿Qué pasa?
-bueno, creo que por este favor me veo obligado a pedirte uno…
-¡claro! ¿Qué necesitas?
-pues veras, muchacho. El otro día encontré…
James no puedo terminar su petición, porque en ese momento se escuchó un fuerte golpe de la puerta, en el piso de abajo.
James se limitó a sonreír y terminar con otra frase:
-ya esta aquí, ve por ella muchacho.
James observaba escondido detrás de la escalera cómo lo hacía Aubert, no parecía irle tan mal.
-velas, donde deben estar. Comida, lista y deliciosa…
A James le vino un toque de inspiración:
Corrió hacia el almacén, (en un momento en que Anna observaba el bar) y tomó su violín.
Caminó con aire decidido hacia la joven pareja y comenzó una romántica melodía.
Anna estaba muy contenta y nerviosa a la vez.
Cuando Anna al fin se retiró(a eso de la 1 de la mañana) con Aubert, James se sintió completamente conforme consigo mismo y se fue a dormir.
‘Él sigue en Londres…’ fue lo último que pensó antes de que el sueño se apoderara de él.